CRÍTICA Al DOCUMENTAL “ARAYA”, DE Margot Benacerraf, 1959
¿Se
puede poetizar una actividad cotidiana y miserable? El largometraje documental
franco-venezolano “Araya” lo intenta, en el documental existe un narrador que
expone las actividades diarias del Araya, un enorme salar en donde trabajan
cientos de hombres y mujeres, ellos habitan pequeñas casas y su economía
depende de la pesca y extracción de sal.
La
directora Margot Benacerraf, a través de la investigación que realizo, consulto
a finales de 1957 toda la documentación de los Archivos de Indias de Sevilla,
Madrid y Ámsterdam que existe sobre el salar Araya, estudio el lugar y sus
habitantes, constato la actividad aún humana que se llevaba a cabo desde el
1500; investigo la vida de personas simples y especiales.
Este
documental llevo a la directora al Festival de Cannes, en donde fue aclamada
por la crítica y público general, abriéndole paso a una posible carrera exitosa
en el cine Europeo, sin embargo, “Araya” sería su última película, ya que
después se involucraría en la gestión cultural en su país, Venezuela; en donde
trabajo por desarrollar el cine local.
“Araya”
es cotidianidad y grandeza a primera vista, las pirámides de sal son amplias y
los hombres y mujeres trabajan rítmicamente, es casi hipnótico verlos; el
documental se manifiesta a través de la sensibilidad y empatía que tuvo la
directora. La película no condena, pero tampoco se compadece, más bien
reflexiona poéticamente el qué hacer de los habitantes, su condición social,
humana, y su posible desenlace.
El
documental refleja un extracto de Latinoamérica, de las familias trabajadoras,
humildes y vulnerables que guardan relación con otras realidades del continente;
incluso el presidente de aquella época dirigió una carta a la directora
mencionando que el documental constituye una evidente y positiva propaganda
para la comprensión de Venezuela en el marco internacional. ¿En dónde reside la
poética?, el documental expone una realidad adversa y compleja, a pesar de
aquello, a través de la mirada de la directora, expresa armonía y familiaridad
en el entorno, no existe un distanciamiento entre el universo filmado y la
directora; sentimos a los personajes tan cerca, tan reales, y el uso del
narrador es el resultado de este acercamiento con el lugar y sus habitantes.
Benacerraf
llego a decir que “Araya” no es un documental, sino una narración poética, pues
ella trascendió el documental, ya que no miro la Araya con distancia, no
documento simplemente las actividades; Beracerraf se acercó y abrió hacia la
Araya, y fue el propio lugar que se expuso ante ella para que con el cine
pudiera plasmar poesía del lugar. Fue su último trabajo, una gran hazaña para
la cineasta, el cine Venezolano y latinoamericano.
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